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OPREACIÓN MASACRE - RODOLFO WALSH
FRANCISCO SOLANO LÓPEZ


Nació el 26/10/1928. Dibujante autodidacta. En los ‘50 dibujó las historietas Rolo el Marciano Adoptivo, Amapola Negra, Joe Zonda, Rul de la Luna y El Eternauta, el personaje más emblemático de la historieta argentina. A partir de 1963 su vida se intercaló entre estadías en Argentina, Italia, España y Brasil hasta fines de la década del 80, realizando trabajos como La Guerra del Paraguay, Ana, Historias Tristes (las tres guionadas por su hijo Gabriel), Aguila Negra, Avenida Corrientes y la adaptación de Operación Masacre, entre otros.

 Durante la década del 2000 retomó El Eternauta, creando El Regreso y El Atajo. En 2009 participó en la preparación de un filme animado sobre Eva Perón. Hasta su fallecimiento publicó en la tira Sección: Imposible. Recibió, entre otros, el Premio Especial El Madroño de Madrid (1998), Mención en la convención Comics y Games de Italia (2007) y Premio Rodolfo Walsh a su trayectoria (2009). Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires. Falleció el 12/08/2011.
















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EL CONQUISTADOR
FEDERICO ANDAHAZI

CERO
EL ADELANTADO

"Estableció con exactitud el ciclo de rotación de la Tierra en torno del Sol y trazó las más precisas cartas celestes antes que Copérnico. Fue el primero en concebir el mapa del mundo adelantándose a Toscanelli. Los gobernantes buscaron su consejo sabio, pero, cuando su opinión contradijo los dogmas del poder, tuvo que retractarse por la fuerza, tal como lo haría Galileo Galilei dos siglos más tarde Imaginó templos, palacios y hasta el trazado de ciudades enteras duarnte el esplendor del imperio. Concibió el monumento circular que adronaba la catedral más imponente que ojos humanos hubiesen visto jamás. Varios años antes que Leonardo Da Vinci, imaginó artefactos que en su época resultaban absurdos e irrealizables; pero el tiempo habría de darle la razón. Adelantándose a Cristobal Colón, supo que la tierra era una esfera y que, navegando por Oriente, podía llegarse a Occidente y viceversa. Pero a diferencia del navegante genovés, nunca confundió las tierras del Levante con las del Poniente. Tenía la certidumbre de que había un mundo nuevo e inexplorado del otro lado del océano y que allí existía otra civilización; sospecha que habría de confirmar haciéndose a la mar con un puñado de hombres. Se convirtió en naviero y él mismo construyó una nave inédita con la cual surcó el océano Atlántico.Tocó tierra y estableció un contacto pacífico con sus moradores. Pero sólo porque estaba en inferioridad de condiciones para lanzarse al ataque. Comprobó que el nuevo mundo era una tierra arrasada por las guerras, el oscurantismo, las matanzas y luchas por la supremacía entre las diferentes culturas que lo habitaban. Vio que los monarcas eran tan despóticos como los de su propio contienente y que los pueblos estaban tan sometidos como el suyo. Escribió unas crónicas bellísimas, pero para muchos resultaron tan fabulosas e inverosímiles como las de Marco Polo. Supo que el encuentro entre ambos mundos iba a ser inevitable y temió que fuese sangriento.Y tampoco se equivocó. Trazó un plan de conquista que evitara la masacre. Retornó a su patria luego de dar vuelta a la Tierra, mucho antes de que Magallanes pudiese imaginar semejante hazaña. Asu regreso, advirtió la inminente tragedia a su rey.
Si hubiese sido escuchado, la historia de la humanidad sería otra. Jamás consiguió que le otorgaran una flota y una armada para lanzarse a la conquista. Fue el primero en ver que ningún imperio, por muy poderoso, magnánimo y extenso que fuese, podría sobrevivir a la ambición de sus monarcas. Pero fue silencado. Tomado por loco, condenado al destierro, vaticinó el fin de su imperio y la destrucción de la ciudad que él había contribuido a erigir.
Supo con muchos años de antelación que la única forma de que su civilización no pereciera, era llevando adelante el desafío más grande de la humanidad: la conquista de Cuauhtollotlan, como él bautizó al nuevo continente, o Europa según el nombre con que lo llamaban los salvajes que lo habitaban. Fue el más brillante de los hijos de Tenochtitlan. Su nombre, Quetza, debió haber fulgurado por los siglos de los siglos. Pero apenas si fue recogido por unas pocas crónicas y luego pasó al olvido. Su interés por la unificación del mundo no era sólo estratégico: al otro lado del mar había quedado la mujer que amaba.



Guiado por las profecías aztecas, Quetza se lanza a la aventura.

 Adelantándose a los grandes viajeros, es el primer hombre que logra unir América con Europa. Quetza cuenta la barbarie que ve en tierras civilizadas: la asoración a un hombre clavado brutalmente a una cruz, personas quemadas en hogueras ante multitudes que festejan como salvajes, y ambiciones desmedida sde riquezas y poder. Tampoco puede sustraerse a un vaticinio: ellos cruzarán pronto el océano, impulsados por el afán de extender sus dominios.

Federico Andahazi sorprende a sus lectores con una crónica apasionada de los tiempos en que el mundo tuvo la oportunidad de ser otro.


Federico Andahazi

      






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EL HOMBRECITO DEL AZULEJO
MANUEL MUJICA LÁINEZ


La prosa de Mujica Láinez ha sido considerada "fluida y culta, de sabor algo arcaico y preciosista; rehuye la palabra demasiado común, sin buscar sin embargo la desconocida para el lector". Es en especial hábil en reconstruir ambientes, gracias a un dotado talento descriptivo y una gran formación como crítico de arte, aparte de su rica inventiva.

El autor, seducido por las doctrinas esotéricas, creía con firmeza en la reencarnación y declaró escribir "para huir del tiempo". Ese es el tema de la mayor parte de sus obras.

En su narrativa pueden establecerse dos vertientes principales: el tema argentino (La casa, Los viajeros, Invitados en El Paraíso, El Gran Teatro) y las novelas históricas (Bomarzo, El unicornio, El laberinto y El escarabajo).








Manuel Mujica Láinez






Te dejo en el blog uno de sus más lindos cuentos, "El hombrecito del azulejo". Que disfrutes de la lectura!




"Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:


-Esta noche será la crisis.


-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho cuanto pudimos.


-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...


Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.


Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.


El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.


Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.


-¡Martinito! ¡Martinito!


El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.


Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.


Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.


El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.


Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.


Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.


Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.


La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.


La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.


-Madame la Mort...


A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.


-Madame la Mort...


La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.


-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.


Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.




Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?


La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.


Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...


La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.


Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.


Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.


La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.


-Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.


Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.


-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él.


Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.


Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.


Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.


El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:


-¡Ahí va algo, abarájenlo!


Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño".


FIN 










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EL HOMBRE MEDIOCRE
JOSÉ INGENIEROS


"Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento. Imnumerables signos la revelan: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada para Cristo y la hoguera encendida a Bruno, cuando te abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso de Helvecio; cuando es corazón se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal Julieta, el Werther de tal Carlota; cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir; y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad o de Belleza".


Ese es el comienzo de un libro verdaderamente generador de Verdad y Belleza. No dejes de leerlo!

José Ingenieros. Autor del libro.




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RESPIRACIÓN ARTIFICIAL
RICARDO PIGLIA

En una encuesta realizada recientemente entre 50 escritores argentinos, Respiración artificial fue elegida como una de las 10 mejores novelas escritas en nuestro país. Se trata no sólo del único libro memorable publicado durante el  período de la dictadura militar, sino también, de una espléndida ficción que se convierte en espejo de la historia, de una novela que, utilizando la estructura de la novea policíaca contemporánea puede leerse como una indagación sobre los enigmas de épocas convulsas, de personajes oscuros.

El joven escritor Emilio Renzi ha escrito su primer libro, la narración conjetural de una historia que circulaba en su familia en varias versiones. Y es entonces, tras la publicación de aquel relato de equívocas traiciones y castigos, cunado Renzi conoce por fin al protagonista, su tío Marcelo Maggi. A finales de los años sesenta, Maggi vive en provincias, en una ciudad fronteriza, dedicado a descifrar las cartas y papeles de Enrique Ossorio, el secretario privado de Juan Manuel de Rosas, un personaje que habría podido ser un héroe, y de quien se sospecha que fue un traidor. De Renzi a Maggi, y de éste a Ossorio: casi sin darnos cuenta hemos retrocedido ciento treinta años y se ha borrado la frontera entre literatura e historia, entre realidad y ficción. Ossorio se suicidó en Chile, en 1850, poco antes de la caída de Rosas, después de un vertiginoso exilio.

En sus largas conversaciones, Renzi y Maggi intentan aclarar ese y muchos otros enigmas. Y también encontramos al polaco Tardewski, quien refiere un encuentro tan posible como inverosímil entre Hitler y Kafka en la Praga de los años veinte; y al paranoico Arocena que, como un lector de novelas políacas, busca en cada frase la clave que permita descifrar el entero enigma. Y así, a través de exilios y cartas, de libros y de retazos de historia, de vidas desgarradas y relatos inconclusos, se trama una de las novelas más radicalmente originales y atractivas en castellano de las últimas décadas.

Respiración artificial es la irrefutable respuesta a quienes se pregunten por qué, tras la muerte de Borges y de Bioy Casares, Piglia es considerado el mayor representante vivo de la literatura argentina.

"¿Cómo enfrentarse a la historia? Con todos los artificios de la ficción. ¿Cómo contar la historia de un país? A bocanadas de Respiración artificial. Una novela múltiple: epistolar, metafísica, filosófica, policíaca".



Ricardo Piglia









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EL ENTENADO
JUAN JOSÉ SAER


Juan José Saer fue un escritor argentino nacido en Serodino (provincia de Santa Fe) el 28 de junio de 1937 y fallecido el 11 de junio de 2005, tras sufrir cáncer de pulmón, en París (Francia). Enseñó Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe (capital de la provincia homónima). Es considerado no sólo uno de los escritores argentinos más importantes, sino uno de los ensayistas y novelistas mas influyentes del siglo XX.

Ignorado durante gran parte de su vida creadora, con un programa narrativo riguroso y solitario que lo hizo escribir de espaldas a fenómenos editoriales como el boom latinoamericano (al que desdeñó), la obra de Saer ha obtenido, a partir de los años ochenta sobre todo, el reconocimiento de la crítica especializada, tanto en Argentina como en Europa.

Aunque incursionó en la poesía (su único libro de poemas abarca la totalidad de su producción), fue sin lugar a dudas la narración (y, sobre todo, la novela) su gran aporte. También practicó la escritura ensayística, con bastante buena fortuna, aunque sus ensayos, polémicos, inteligentes e incisivos, sirven sobre todo para comprenderlo en tanto narrador.

Su obra abarca doce novelas, cinco libros de cuentos, cuatro de ensayos y uno de poemas. La publicación de sus cuentos completos permitió incluir un sexto libro de relatos, armado para la ocasión con tres textos que habían aparecido en revistas o diarios y uno inédito. Su última novela, que dejó inconclusa, y su último libro de ensayos (en realidad, artículos sobre literatura escritos para diarios), fueron publicados póstumamente.

Su obra es en calidad bastante pareja, aunque la crítica señala una maduración progresiva, que se justifica en parte por algunos defectos en sus primeros textos, pero que también parece cuestionable si pensamos que su momento más radical, que le dio obras extraordinarias (El limonero real, Nadie nada nunca, el relato La mayor), se halla en el centro de su trayectoria, entre 1974 y 1980.

Casi toda su narrativa tiene por escenario la ciudad de Santa Fe y sus alrededores, en donde vivió hasta su voluntario exilio. De esta manera, esta genial obra le ha dado a la pequeña capital de provincia argentina el mismo estatuto mítico que Joyce le dio a Dublín o Proust a París. El hecho de que su obra incluya una larga serie de novelas y cuentos independientes pero relacionados sobre un espacio geográfico limitado revela la influencia de William Faulkner y su ciclo de narraciones sobre el condado de Yoknapatawpha en el norte del estado de Mississippi.

La otra unidad de la obra la dan los personajes, que se repiten en un elenco bastante estable, con reenvíos permanentes de una narración a otra.


En "El entenado", un anciano de 60 años escribe la experiencia fundamental de su vida: ya de regreso a Europa y lurgo de 10 años de convivencia con los indios colastiné, narra ese momento decisivo que todo hombre tiene y que lo moldea en forma definitiva: "ese gran único ayer de la vida".

Desde la nada, sin nombre, sin padres, pura orfandad e intemperie, y con altamar como privilegiado horizonte a principios del siglo XVI, un adolescente se suma a una de las tantas expediciones españolas con rumbo al Río de la Plata. La llegada a estas costas de delirio y pesadilla habitadas por indios con rituales de un arcaico apetito, lo enfrenta a esta percepción de la realidad que ocupará por el resto de su vida el centro de su memoria.

La mejor prosa de Saer es una ardua interrogación sobre lo real, la historia, la memoria y el lenguaje.

Juan José Saer







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EL BESO DE LA MUJER ARAÑA
MANUEL PUIG


El beso de la mujer araña es una novela de Manuel Puig, publicada en 1976.
Relata la historia de dos presos que conviven en la misma celda, uno politico y otro homosexual.

Esta historia, prohibida en los años 1970 por la dictadura militar argentina (país de origen de Manuel Puig) fue llevada al cine en 1985 por el director Héctor Babenco y protagonizada por Sônia Braga, William Hurt y Raúl Juliá.



En los primeros capítulos, Puig nos hace ver las personalidades de ambos personajes: Valentín Arregui y Molina.

El primero, con sus 26 años, es un preso por subversión, es decir, que este hombre piensa que puede cambiar el país con las armas y es un idealista en el campo de lo social, pues piensa que el país tiene esperanza si todos se unen a luchar por el pueblo. Además, menciona varias veces que para él la revolución está antes que los sentimientos. Estudia muchos libros de sociología, sospecha de todo lo que pasa en la penitenciaría, y, obviamente, esto nos lleva a pensar que ha sospechado de Molina.

Éste último, por su parte, es un hombre de 37 años de edad que fue acusado de corrupción de menores. El crimen que ha cometido es completamente pasional: se encariñó con un muchachito; lo cual nos dice que Molina es una persona muy sentimental, para la que los sentimientos están por encima de lo demás. No hay que olvidar que Molina menciona constantemente que desea ser una mujer. Es por eso, además, que él considera buenas las películas que cuenta si tienen emociones fuertes, amores frustrados o no correspondidos, imágenes que conmuevan o estremezcan. Y por eso él quiere ser la heroína de la película (una heroína sufrida, que muere por una causa hermosa, como el amor). Pero a Valentín, por el lado contrario, le gusta observar el trasfondo social de las películas que le cuenta su compañero de celda:
– […] ¿Te gusta le película? – No sé todavía. ¿A vos por qué te gusta tanto? Estás transportado. – Si me dieran a elegir una película que pudiera ver de nuevo, elegiría ésta. – ¿Y por qué? Es una inmundicia nazi, ¿o no te das cuenta?

Las películas son importantes para ir observando poco a poco el proceso de transformación de ambos personajes. Las reacciones frente a las películas que Molina le contaba a su compañero cambian conforme avanza la novela: Al comienzo le escucha con interés y con el solo objetivo de entretenerse, mientras que Molina le cuenta las películas para hacerle ganar confianza y caerle bien a Valentín. Pero el lugar, las situaciones y la condición homosexual de Molina hacen que éste empiece a conquistar a Valentín por medio de las historias de cada noche. Poco a poco, Valentín va sintiéndose identificado con el aspecto sentimental de las películas: recuerda a Marta, un viejo amor fuera de la prisión, que sabe que no podrá volver a ver.

Los elementos pop que usa Puig remiten al hogar fuera de la celda, a aquel mundo exterior: los boleros también hacen sucumbir a Valentín, mostrando su lado más blando y enseñándoselo a Molina, quien lo escucha enamorado.

Pero no son solamente estos elementos los que hacen que los personajes a veces parezcan uno solo, o se confundan entre ellos: no existe un narrador que indique quien es el que habla antes de cada parlamento y esto genera muchas veces el efecto de confusión, en especial cuando ambos están tratándose con cariño, pues es verdad que al comienzo de la novela, debido a los caracteres de los personajes se podía deducir a quien pertenecía cada parlamento, pero a Molina no se le puede confundir con nadie más que con Valentín, porque cuando habla con el director del lugar, los parlamentos están etiquetados a modo de teatro, es decir, no puede caber la confusión entre ambos personajes, cosa que sí puede pasar (y pasa) con el diálogo Valentín-Molina. Es mucho más difícil reconocer a ambos personajes cuando ambos se desnudan totalmente: son uno solo como el Ying y el Yang, una dualidad junta.

De esta dualidad nos habla Puig en su obra, en el pie de página, cuando nos dice que “[…] Las primeras manifestaciones de la libido infantil son de carácter bisexual” ; dado que la bisexualidad es un tipo de dualidad, y luego agrega que el ser humano ha desarrollado la heterosexualidad luego de haber asumido la superioridad del género masculino sobre el femenino, considerando indebido todo sexo que no sea heterosexual o genital .

La idea del amor es también la idea de fusión, que se completa con la unión sexual, la de los cuerpos, que es una fundición física. Es muy claro el aspecto de la fusión casi material que tienen Valentín y Molina, especialmente en un pasaje clave, que marca el clímax del primer contacto sexual entre ambos reos:
– Ahora sin querer me llevé la mano a mi ceja, buscándome el lunar. – ¿Qué lunar?... Yo tengo un lunar, no vos. – Sí, ya sé. Pero me llevé la mano a mi ceja, para tocarme el lunar…, que no tengo. – … – A vos te queda tan lindo, lástima que no te lo pueda ver […] – ¿Y sabés qué otra cosa sentí, Valentín? Pero por un minuto, no más. – ¿Qué? Hablá, pero quédate así, quietito… – Por un minuto sólo, me pareció que yo no estaba acá, ...ni acá, ni afuera… – … – Me pareció que yo no estaba… que estabas vos sólo. – … – O que yo no era yo. Que ahora yo… eras vos.

Es en este punto en el que Valentín cambia casi completamente, y junto con Molina, ambos empiezan a contagiarse de manera más notoria. Valentín ya no tiene miedo de expresar lo que siente, se ha liberado de los complejos de la sociedad heterosexual y adopta a Molina como sujeto pasivo en el sexo, así como se deja adoptar por él como un hijo cuando come los platos que le dan en la prisión, que le caen muy mal.

Ahora bien, Molina es quien le pide a Valentín (luego de la unión física) un intercambio más espiritual del amor, el beso:
– Bueno, pero de despedida, querría pedirte algo… – ¿Qué? – Algo que nunca hiciste, aunque hicimos cosas mucho peores. – ¿Qué? – Un beso […]

Luego de pedírselo, hablan un rato y tienen relaciones sexuales, en las que se funden en cuerpo. Luego, ya para finalizar su última escena juntos, se fusionan en alma con un beso final:
– Molina, ¿qué es?, ¿me querías pedir lo que me pediste hoy? – ¿Qué? – El beso. – No, era otra cosa. – ¿No querés que te lo dé, ahora? – Si, si no te da asco. – No me hagas enojar […] – Gracias. – Gracias a vos.

Pero ahí no acaba todo. Valentín ha sido víctima del contagio por parte de Molina, quien lo ha arrastrado con su ternura femenina hacia el pasto de las emociones. Es ahora Molina el que debe aceptar ser llevado por Valentín hacia el campo de la lucha del pueblo. Sin embargo, este propósito no será un triunfo completo, pues Molina no lo hará pensando en la lucha popular, sino movido por el amor que siente hacia su preso amante. Antes de irse se levanta y le pide como último favor que le dé toda la información para que vaya a hacerle el favor que él le había requerido desde hacía un tiempo, cuando se enteró que iba a salir.

Luego de esto, viene la muerte de ambos personajes, pero ambos lo hacen en el campo que pensaron que el otro iba a perecer: Valentín con una visión que lo hace amar, muere finalmente, y no ayudando a la causa popular, como sí moriría Molina, aunque en el fondo movido por el amor que profesaba hacia Valentín: finalmente, el amor los ha unido a ambos y, no importando la ubicación de cada uno, ambos hicieron lo que tenían que hacer juntos.

A modo de conclusión, Puig combina intencionalmente los rasgos de sus personajes, y expuestas las cosas, lo hace sobre todo con la intención de mostrar el aspecto doble del ser humano (la bisexualidad), tesis que defiende con teorías de los posfreudianos, de modo directo, y con la novela, de modo indirecto.



Manuel Puig



Película "El beso de la mujer araña", Babenco.













El siguiente enlace descarga un documento muy útil para abordar la novela de Puig, "Oralidad y Puig", de Víctor Maya.

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LA INVENCIÓN DE MOREL
ADOLFO BIOY CASARES


Un fugitivo acosado por la justicia, llega en un bote de remos a un aisla desierta sobre la que se alzan algunas construcciones abandonadas. Pero un día, aquel hombre solitario siente que ya no lo es. En la isla han aparecido otros seres humanos. Los observa, los espía, sigue sus pasos, procura sorprender sus conversaciones. Y de aquí arranca el misterio, la continua alternativa entre la alucinación y la realidad que conduce poco a poco al fugitivo hasta el estupendo esclarecimiento de todos los enigmas. Este libro tiene el derecho de compararse con las historias más logradas de Edgar Allan Poe. Su trama ingeniosa, el desarrollo sabiamente dosificado por el auotr, y sobre todo, la admirable originalidad de la idea en torno a la cual gira la acción, han convertido a La invención de Morel en la obra maestra de la literatura fantástica argentina.


Adolfo Bioy Casares



VERSIÓN CINEMATOGRÁFICA

En el film argentino de 1986 "Hombre Mirando al Sudeste" de Eliseo Subiela, el protagonista (Rantés) dice ser una proyección en el espacio, por lo cual, en sus investigaciones, el psiquiatra que lo atiende hace un paralelismo con "La Invención de Morel". De hecho, en el film se leen unas líneas de la obra de Bioy Casares.









"La gente fuerte se abre camino sola. De joven yo no me sentía solidario con los jóvenes; la juventud no era una categoría que me interesara (sí la inteligencia, la iniciativa, la belleza). Los otros días vi en el cine a una chica rubia y linda que besaba cariñosamente a un viejo y pensé: Qué simpática (ojalá yo tuviera una así). Lo que pasa es que ahora hago causa común con los viejos. Los débiles necesitan agremiarse".
Adolfo Bioy Casares 




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AGUAFUERTES PORTEÑAS
ROBERTO ARLT

Roberto Arlt hizo un mito del trabajo de escribir, desarrollando pareja e intensivamente su obra literaria y periodística.

En 1927 ingresa como cronista policial en el diario "Crítica" y en 1928 como redactor del diario "El Mundo", allí aparecen sus cuentos "El jorobadito" y "Pequeños propietarios" y escribe, con mucho éxito, una sección fija denominado "Aguas Fuertes Porteñas".

El triunfo periodístico de esta sección es fácil de explicar. El hombre común, el pequeño y pequeñísimo burgués de las calles de Buenos Aires, el oficinista, el dueño de un negocio raído, el enorme porcentaje de amargos y descreídos podían leer sus propios pensamientos, sus tristezas, sus ilusiones pálidas, adivinadas y dichas en su lenguaje de todos los días. Además, el cinismo que ellos sentían sin atreverse a confesión; y, más allá, intuían nebulosamente el talento de quien les estaba contando sus propias vidas, con una sonrisa burlona pero que podía creerse cómplice.

La primera compilación de estas notas aparece publicada en 1993 con el título Agafuertes porteñas.











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