POEMAS PARA EL 25 DE MAYO






EL PUEBLO VICTORIOSO 





Está mi corazón en esta lucha. 


Mi pueblo vencerá. Todos los pueblos


Vencerán, uno a uno.


Estos dolores se exprimirán como pañuelos hasta


estrujar tantas lágrimas vertidas


en socavones del desierto, en tumbas,


en escalones del martirio humano.


Pero está cerca el tiempo victorioso.


Que sirva el odio para que no tiemblen


las manos del castigo,


que la hora llegue a su horario en el instante puro,


y el pueblo llene las calles vacías


con sus frescas y firmes dimensiones.


Aquí está mi ternura para entonces.


La conocéis. No tengo otra bandera.






(Libro: Canto general, La arena traicionada), Pablo Neruda.













Victor Heredia sumó sus acordes a este bello poema!



ENUMERACIÓN DE LA PATRIA
SILVINA OCAMPO






Oh, desmedido territorio nuestro,


violentísimo y párvulo. Te muestro
en un infiel espejo: tus paisanos
esplendores, tus campos y veranos
sonoros de relinchos quebradizos,
tus noches y caminos despoblados
y con rebaños de ojos constelados.
Entre bandadas de árboles mestizos,
entre múltiples sombras y basuras,
te muestro con nostalgias asombradas,
con niñas de trece años y maduras,
en las puestas de sol inmoderadas.

Trémulas nervaduras de una hoja,
los ríos te atraviesan de agua roja
sobre el primer cuaderno de paisajes
pintados por la mano de algún niño.
Tienes plantas y pájaros salvajes,
somnolientas mujeres en corpiño
trenzándose los dedos, quietas balsas
para vadear los ríos, cangrejales
devoradores de hombres y animales,
montones de hijas negras y descalzas
cruzando tus desiertos y estaciones.
Tienes provincias y gobernaciones,
poblaciones vacías y distancias
con nombres melancólicos de estancias,
indomables cansancios y mortales
pavorosos pantanos estivales,
médanos, viento norte y osamentas,
fragancias de altamisas y de mentas,
almacenes en todas las esquinas,
grandes patios con muchas ventolinas.
Tienes plantas perversas y sumisas,
con todos los venenos predilectos
de muertes repentinas y precisas,
como en las grandes cajas con insectos
colecciones de arañas venenosas,
palúdicos mosquitos, mariposas.

¡Patria, he nacido tantas veces muda!
Inmóvil como un árbol he dejado
tu cielo iluminarme de rosado.
He visto la llanura tan desnuda
quedándose sin pastos, y sin riegos
tus plantaciones, tus huertas escasas.
He visto disparar caballos ciegos.
En distintas ventanas de tus casas,
deslumbrada y atenta, he conocido
inclementes tormentas. He oído
el grito del chajá y del teruteru,
el grito de la garza y de la iguana,
y llevando la tropa cotidiana,
alto y nocturno, el grito del resero.
He respirado todos tus olores:
frescura de jazmín en los calores
de febrero, magnolias, malvarrosas,
perfumes de tumbergias pegajosas
y el fervoroso olor de los zorrinos.
En quintas con glorietas, y en las noches
vuelo de pájaros azulmarinos,
tu canto de piedritas y de coches
me ha regalado infancias prolongadas,
dulce de leche y siestas desveladas,
verdes y embalsamados picaflores,
la fuente sostenida por amores,
bombas de carnaval anaranjadas
y hamacas paraguayas olvidadas.

Patria, en una plaza, de memoria
he sabido pasajes de tu historia.
Debajo de la mano indicadora
de San Martín, he sido la impostora
de indios en los límpidos ponientes.
He transformado próceres dolientes
con cuidadoso lápiz colorado,
invasiones inglesas he soñado
en azoteas llenas de improviso
aceite hirviendo y pelo suelto. He visto
a la Santa de Lima desatando
los temporales turbios y adorando,
sobre un papel de encaje, corazones
y tocayas con muchas perfecciones.

Patria vacía y grande, indefinida
como un país lejano, interrumpida
por la llegada lenta de los trenes,
con jubilosa espera en los andenes.
Es en la madrugada incierta, cuando
tus gauchos invisibles van cruzando
potreros alambrados y cañadas,
jagüeles y tranqueras atrofiadas,
que tu alma lenta y de madre se queda
con silencios de urraca en la arboleda.
Tu ancho río tiene mimetismos
secretos con tus dulces, con tus cielos
y tus grajeas lilas de bautismos.
Ecuatorial calor y azules hielos
en tus montañas, derramadas piedras
como bandadas de tortugas, hiedras.
Eres esplendorosa y desvalida:
con un frío y ardor que no descansa
desde el Seno de la Última Esperanza
al Pilcomayo de agua bienvenida,
la indolente violencia de tus tierras
se repite con lunas o entre sierras.



De: Enumeración de la patria y otros poemas



JORGE LUIS BORGES









ELEGÍA DE LA PATRIA



De hierro, no de oro, fue la aurora.


La forjaron un puerto y un desierto,


unos cuantos señores y el abierto


ámbito elemental de ayer y ahora.






Vino después la guerra con el godo.


Siempre el valor y siempre la victoria.


El Brasil y el tirano. Aquella historia


desenfrenada. El todo por el todo.






Cifras rojas de los aniversarios,


pompas del mármol, arduos monumentos,


pompas de la palabra, parlamentos,






centenarios y sesquicentenarios,


son la ceniza apenas, la soflama


de los vestigios de esa antigua llama.





ODA A LA PATRIA 

El claro azar o las secretas leyes
Que rigen este sueño, mi destino,
Quieren, oh necesaria y dulce patria
Que no sin gloria y sin oprobio abarcas
Ciento cincuenta laboriosos años
Que yo, la gota, hable contigo, el río,
Que yo el instante, hable contigo, el tiempo,
Y que el íntimo diálogo recurra,
Como es de uso, a los ritos y a la sombra
Que aman los dioses y al pudor del verso.

Patria yo te he sentido en los ruinosos
Ocasos de los vastos arrabales
Y en esa flor de cardo que el pampero
Trae al zaguán y en la paciente lluvia
Y en las lentas costumbres de los astros
Y en la mano que templa una guitarra
Y en la gravitación de la llanura
Que desde lejos nuestra sangre siente
Como el britano el mar y en los piadosos
Símbolos y jarrones de una bóveda
Y en el rendido amor de los jazmines
Y en la plata de un marco y en el suave
Roce de la caoba silenciosa
Y en sabores de carnes y de frutas
Y en la bandera casi azul y blanca
De un cuartel y en historias desganadas
De cuchillo y de esquina y en las tardes
Iguales que se apagan y nos dejan
Y en la vaga memoria complacida
De patios con esclavos que llevaban
El nombre de sus amos y en las pobres
Hojas de aquellos libros para ciegos
Que el fuego disperso y en la caída
De las épicas lluvias de setiembre
Que nadie olvidará, pero estas cosas
Son apenas tus modos y tus símbolos.

Eres más que tu largo territorio
Y que los días de tu largo tiempo,
Eres más que la suma inconcebible
de tus generaciones. No sabemos
Cómo eres para Dios en el viviente
Seno de los eternos arquetipos,
Pero por ese rostro vislumbrado
Vivimos y morimos y anhelamos,
Oh inseparable y misteriosa patria.











Revolución de Mayo. Postal año 1910- 100 años.









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EL HOMBRECITO DEL AZULEJO
MANUEL MUJICA LÁINEZ


La prosa de Mujica Láinez ha sido considerada "fluida y culta, de sabor algo arcaico y preciosista; rehuye la palabra demasiado común, sin buscar sin embargo la desconocida para el lector". Es en especial hábil en reconstruir ambientes, gracias a un dotado talento descriptivo y una gran formación como crítico de arte, aparte de su rica inventiva.

El autor, seducido por las doctrinas esotéricas, creía con firmeza en la reencarnación y declaró escribir "para huir del tiempo". Ese es el tema de la mayor parte de sus obras.

En su narrativa pueden establecerse dos vertientes principales: el tema argentino (La casa, Los viajeros, Invitados en El Paraíso, El Gran Teatro) y las novelas históricas (Bomarzo, El unicornio, El laberinto y El escarabajo).








Manuel Mujica Láinez






Te dejo en el blog uno de sus más lindos cuentos, "El hombrecito del azulejo". Que disfrutes de la lectura!




"Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:


-Esta noche será la crisis.


-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho cuanto pudimos.


-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...


Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.


Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.


El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.


Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.


-¡Martinito! ¡Martinito!


El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.


Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.


Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.


El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.


Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.


Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.


Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.


La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.


La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.


-Madame la Mort...


A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.


-Madame la Mort...


La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.


-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.


Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.




Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?


La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.


Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...


La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.


Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.


Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.


La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.


-Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.


Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.


-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él.


Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.


Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.


Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.


El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:


-¡Ahí va algo, abarájenlo!


Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño".


FIN 










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ACENTUACIÓN – REGLAS ESPECIALES



  • ACENTO DIACRÍTICO


A veces es necesaria la tilde en los monosílabos para diferenciarlos de otra palabra que se escribe igual, pero tiene diferente significado. Este uso de la tilde se llama acento diacrítico.


De preposición…. Tomó la carpeta de ejercicios

Sé del verbo saber… Yo no sé nada.
Dé del verbo dar… Dé su lección.

Sé del verbo ser… Sé bondadoso con tus amigos


El artículo… Llegó el libro

Si conjunción condicional… Si llueve, no saldré


Él pronombre personal de 3ª. Persona del singular
Él cantó

Si sustantivo (nota musical)… El si sonó en toda la sala
 Mas conjugación adversativa reemplazable por pero…
Quise ir, mas no pude

Sí pronombre personal de 3ª. Persona del singular… Habla para sí
Más adverbio de cantidad… Compró más caramelos

Sí adverbio de afirmación… Sí, llueve
Mi adjetivo posesivo… Canta mi canción

Te pronombre personal de la 2ª. Persona del singular… Te lo dije

Mí pronombre personal… El regalo será para mí

Té sustantivo… Tomamos un té
Se pronombre personal de 3ª. Persona… Se lava las manos

Tu adjetivo posesivo en función de MD… Dame tu mano.
Tú pronombre personal de 2ª. Persona del singular... Solo tú hablaste




  • MONOSÍLABOS


No llevan tilde, salvo cuando desempeñan más de una función gramatical.

Ejemplos sin tilde: cal, mar, fe, da, soy
Vio, fue, dio y fui, entre otros, llevaron tilde hasta 1959, año en que pasaron a formar parte de la regla general de los monosílabos.


  • PRONOMBRES EXCLAMATIVOS E INTERROGATIVOS

Los pronombres interrogativos y exclamativos siempre llevan tilde.

Por ejemplo:

*      ¿Quién vino?
*      No supe qué pasó.
*      ¡Cuánto espacio!


  • VERBOS CON PRONOMBRES PERSONALES


Se trata de pronombres que se colocan al final de la desinencia verbal. Las formas verbales con pronombres enclíticos llevan tilde o no de acuerdo a las normas generales de acentuación. Las nuevas normas de acentuación de la RAE (Real Academia Española) establecen que: cayose, gritome, volviose, no llevan tilde pues se trata de palabras graves terminadas en vocal.

Los verbos que, unidos al pronombre enclítico, se convierten en palabras esdrújulas llevan tilde:

Coloque + lo = colóquelo.


  • MANTIENEN LA TILDE EN LA SEGUNDA PALABRA si la llevan como palabras independientes.


Ejemplo: Décimo + Séptimo = Decimoséptimo


  • RESPECTO  A LOS ADVERBIOS TERMINADOS EN MENTE se acentúa el primer elemento si lleva tilde como palabra independiente:


Ejemplo: Fácil + mente = Fácilmente

Ejemplo: Sólida + mente = sólidamente


  • LAS PALABRAS SEPARADAS POR GUIÓN llevan tilde en los componentes, si la llevan como palabras independientes:


Ejemplo: histórico-crítico, franco-germánico.


  • AÚN lleva tilde cuando equivale a todavía. No lleva cuando equivale a: hasta, también, incluso.


Ejemplo: Aún no salió (todavía).

Ejemplo: Aun ellos lo sabían (hasta).


  • SÓLO puede cumplir la función de adjetivo o de adverbio. Lleva tilde cuando cumple la función gramatical de adverbio y quien escribe percibe riesgo de ambigüedad.


Ejemplo: Corrió sólo un rato (adverbio).

Ejemplo: Corrió solo un rato (adjetivo).


  • MAYÚSCULA: Cuando corresponde, las  letras mayúsculas deben tildarse como cualquier letra minúscula.


Ejemplo: Ángel, África.


  • ACENTUACIÓN DE EXTRANJERISMOS Y LATINISMOS: Las voces extranjeras ya incorporadas al español y adaptadas a su pronunciación y escritura, han de acentuarse de acuerdo con las reglas generales de acentuación de este idioma.


Ejemplo: búnker, París.

Las voces latinas llevan tilde si les corresponde de acuerdo a las reglas generales de acentuación del idioma español.

Ejemplo: ultimátum, vox pópuli, currículum, memorándum.


EXTRANJERISMOS: Son expresiones tomadas de un idioma extranjero y usadas en la propia lengua.

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CINE


CARANCHO


En Argentina mueren al año en accidentes de tránsito mas de 8 mil personas, un promedio de veintidós por día; más de ciento veinte mil resultan heridas. La última década ha dejado 100 mil muertos. Los millones de pesos que necesitan las víctimas y sus familiares para afrontar gastos médicos y legales, producen un enorme mercado, sostenido por las indemnizaciones de las aseguradoras y la fragilidad de la ley. Detrás de cada desgracia asoma la posibilidad de un negocio.

SOSA, es un abogado especialista en accidentes de tránsito, a punto de recuperar su matrícula. Se mueve entre guardias de hospitales, servicios de emergencias y comisarías en busca de posibles clientes. Ahora trabaja para una fundación de ayuda a las víctimas que en realidad es la pantalla de un turbio estudio jurídico. Sosa consigue los clientes, los testigos, las pericias; arregla con la policía, los jueces, las aseguradoras. 

LUJÁN es una joven médica recién llegada a la ciudad, que trabaja en múltiples lugares: ambulancias, guardias de hospitales, servicios de emergencias. Sola, con un ritmo de trabajo que apenas le permite dormir, se enfrenta a un mundo que desconoce. 

Esta historia de amor comienza la noche en que Luján y Sosa se conocen, en la calle. Ella tratando de salvar la vida de una accidentado, él tratando de convertirlo en su cliente. Juntos, intentarán modificar el rumbo de sus vidas, pero el pasado turbulento de Sosa se interpondrá. 

La película cuenta una buena historia, que, por los lugares donde se filmó y el gran laburo de casting, hace super creíble a la historia. Darín sólido como siempre, Martina Gusman también muy bien, aunque me gustó mas su anterior trabajo en Leonera. Tiene un muy buen trabajo en los actores secundarios y hasta terciarios por llamarlos de alguna manera. Un buen caso de esto, es la madre paraguaya que habla con Gusman en el hospital.

Y algo notable de la película, al igual que lo que pasó con la escena de la cancha en El secreto de sus ojos, es que más de un espectador querrá ver como se hicieron ciertas escenas. Sin duda, hay un gran laburo en efectos especiales, y aclaro, que no hay autos voladores o sables jedis. Hay accidentes muy bien filmados, golpes, tiros, martillazos… que tienen indudablemente muchos cortes, y que los mismos no se notan. Además la fotografía es espléndida para una película que mayormente se realizó de noche o en lugares oscuros.

Pero además hay momentos de tensión, donde el clima que genera el director es notable, como la situación en la guardia con los "dos muchachotes rivales". 

Como contra, quiero destacar que las voces de los protagonistas, en algunos momentos se notaba el trabajo de doblaje encima... no es un gran problema, pero si me pareció que desencajaba en la realización en general. 

La historia es buena, la técnica es precisa y las actuaciones le dan mucha solidez a todo el conjunto. 3 de 3… es algo maravilloso y que lamentablemente vemos poco por año de manera local. 

Carancho va directo al podio de las mejores películas argentinas del año. 
























"Carancho". Peli completita!


























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ARTE

 PÁEZ VILARÓ


Carlos Páez Vilaró (Montevideo, 1 de noviembre de 1923)
Nació el 1 de noviembre de 1923, en Montevideo, Uruguay. Se dedico a ser pintor, ceramista, escultor muralista, escritor, compositor y constructor. Desde joven se fue a Buenos Aires donde se vinculó al medio de las artes gráficas. Entre varias ocupaciones es columnista de la revista semanal Caras y Caretas. Vive en Punta del Este, en la llamada casa "Casapueblo".




Casapueblo







SU OBRA





























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